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miércoles, 25 de agosto de 2010

SIGNOS

*LA ADOPCIÓN GAY Y LA INTOLERANCIA NACIONAL

(AGENCIA NOTISIFA) Buena parte de las leyes mexicanas suelen ser o idealistas hasta la necedad -al grado de la entelequia jurídica, de la imposibilidad de su aplicación por su perfeccionismo onírico y su lejanía del universo real que pretenden regir- o inconsistentes hasta la perfidia, llenas de irregularidades y de huecos por donde pueden meterse todas las mañas de la gente del poder y de la idiosincrasia incivil que nos documenta ante el mundo mejor ahora que nunca.

Ese extravío tiene que ver con la demagogia de origen de nuestro ser nacional; es ontológico. Nos da por apantallar, por enseñar siempre el lado bueno de lo que no somos, o de lo que menos somos, para esconder la larga cola de nuestros prejuicios, de nuestras idolatrías, de nuestros miedos a reconocernos en el espejo de nuestras impotencias y nuestras incompetencias para crecer.

Y entonces cuando se legisla con ánimo progresista y con espíritu liberal y de vanguardia, como en el caso de las preferencia sexuales distintas a las heterosexuales, saltan por todos lados las protestas de los tradicionalistas inconformes, de los grupos conservadores que defienden las esencias populares y los valores de la moral, de los representantes de la genética del condicionamiento milagrero del pueblo guadalupano, los emisarios de Dios en este paraíso terrenal de los valores inmanentes tomado por los sicarios.

Y no son unos cuantos. Eso por lo que toca al revuelo de la constitucionalidad suscrita hace un par de semanas por la Suprema Corte en favor de la ley del Distrito Federal que reconoce los matrimonios homosexuales y su derecho a adoptar hijos, y en contra de la impugnación presentada por el procurador general de la República para que dichas reformas no procedieran ni fuesen de observancia obligatoria en todas las entidades del país, como lo son ahora.

Por supuesto que son amplísimos los sectores que al revés del criterio de la Corte suscriben el del troglodita arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval íñiguez, ese bicho ensotanado representativo de todas las miserias humanas y culturales del retorcido clero nacional, que siguen siendo las mismas de los tiempos de la conversión a palos de los indios remisos, sólo con la prohibición laica de las humillaciones, los azotes y el sadismo confesional del Santo Oficio. Y si no que pregunten en los rumbos de la cristiada, en los persignados territorios de los gobiernos intolerantes y fascistas de Jalisco y Guanajuato, y hasta en los michoacanos, que tanto hizo por desbravar y secularizar el más laico y generoso de todos los presidentes mexicanos, el general Lázaro Cárdenas, hace ya muchos ayeres. El fuero interno de millones no desaprueba el sentido de las majaderías del prelado ("¿a ustedes les gustaría que los adopte una pareja de maricones o lesbianas?"), para quien los homosexuales, los legisladores, los gobernantes y los ministros del máximo tribunal –"maiceados" por el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, dijo, para que aprobaran la constitucionalidad de las reformas en favor de los homosexuales- no son más que carne de pecado que habrá de freírse en el infierno.

Es cierto, en lo sustancial el pueblo de México desarrolló la tradición juarista de mantener el arraigo de su fe al margen de su existencia pública, y las militancias católicas de la herencia cavernícola son en realidad minoritarias, aunque la derecha –priísta y panista- en el poder y la laxitud del Estado ante las cada vez más frecuentes y severas flagrancias de los cruzados cristeros, han permitido una dolosa y consistente derogación de las virtudes de la soberanía secular, reforzada con el sometimiento educativo y espiritual del país a la tiranía del monopolio del sindicato del magisterio, y al de la radio y la televisión privadas. La ignorancia y el prejuicio han incrementado sus fueros, y la Iglesia de oscuros aires coloniales retoma un protagonismo insultante cada vez más impune estimulada por los coros rudimentarios de sus furibundos y recalcitrantes activistas civiles, y por el financiamiento de grupos de poder ultraconservadores, sectarios e influyentísimos, tan peligrosos a veces como las mafias del narco, en las que a menudo tienen intereses.

De Salinas para acá el mundo laico se disuelve. Y en el caos donde el sindicato magisterial y los monopolios refuerzan sus posiciones, lo hacen también todas las iglesias: las formales y las inventadas de la noche a la mañana por la multitudinaria plebe de vividores metidos de pastores de toda suerte de supercherías y admoniciones de la divinidad que medran en la indigencia, y que pueblan de templos cada vez más prósperos las regiones y las ciudades donde las escuelas y la calidad escolar son cada vez más miserables, y lucran con la desesperanza de fieles cada vez más numerosos, más envilecidos y más brutos, producidos por la parálisis perpetua de un país sin pies y sin cabeza.

En este pueblo mexicano donde todas las mafias, con sotana o sin ella, se pasan las instituciones por los forros –un modo de decirle a los genitales, para hablar con un lenguaje menos lépero que el de los representantes de la jerarquía eclesiástica, donde menudean los pederastas y los barbajanes como el arzobispo Sandoval-, alumbra de pronto el avance indudable de un laudo constitucional que garantiza la igualdad de los derechos de todos los individuos para formar matrimonios y familias a partir de la unión legal de parejas del mismo o de distinto sexo.

El problema es que las conquistas del derecho no corren en los mismos rieles ni a la misma velocidad que los alcances intelectuales y espirituales del pueblo que debe entenderlas y asumirlas. Mientras más pobre la educación pública en un país sometido por el prejuicio y la enajenación, y más progresistas y anticlericales sus normas superiores sobre la libertad sexual y sobre el reconocimiento de los valores familiares cimentados sin la diferenciación de padre y madre –lo que sin duda cambiará de manera radical la cultura de la convivencia-, más alto habrán de poner el grito en el cielo los sectores más alejados de las oportunidades y de los umbrales civilizatorios.

Es de lo más contrastante que en un país donde la cuarta parte de la población se muere de hambre, donde la modernización educativa parece una quimera, donde la gran mayoría de los jóvenes no cuenta con alternativas educacionales, y donde el analfabetismo y la ignorancia atascan las potencialidades y la evolución crítica de los ciudadanos, es decir, el crecimiento democrático, de pronto se promuevan proyectos legislativos y procesos judiciales a la medida de las sociedades más tolerantes, más incluyentes, más receptivas, más funcionales y más democráticas del mundo. Parece un contrasentido. Y lo es. ¿Cómo es posible que teniendo esos recursos para la innovación del derecho, para la mejor regulación de las libertades, y para la garantía institucional de la equidad en aspectos tan sensibles y tan controvertidos como el de las preferencias sexuales –tan censurables, por lo demás, en el orden de las tradiciones y las herencias arcaicas de los valores rurales y los atavismos urbanos, de lo indecente y lo prohibido, de la represión y el control abominable de los instintos desde la violencia moral del alter ego- no se tengan para transformar el aparato de la educación pública y para producir generaciones a la altura de tales conquistas legislativas y judiciales; generaciones que a partir de un espíritu más liberado, más ilustrado y más amplio, fuesen también más incluyentes y plurales, y por lo tanto menos refractarias al prejuicio, más solidarias, más humanas y más aptas para la concordia y la felicidad.

No puede ser más natural que en un país de tercero de primaria las disposiciones representativas propias de culturas sin taras ancestrales (intenciones de reforma que tienen que ver con el reconocimiento de las libertades instintivas de la libido; con desatar el nudo sicológico primario para la liberación de la conciencia profunda de los individuos y los pueblos, esa trampa de nuestro modo de ser, de nuestras taras endurecidas en la incivilidad y en las patologías históricas que inhiben el progreso), no puede ser más natural que esos proyectos de modernización jurídica escandalicen a tanta gente y polaricen tanto el entendimiento sobre los derechos iguales de las personas consideradas en el andar de los siglos como muy diferentes, de primera y de segunda, en su condición humana. Si de otro modo fuera y la civilidad se nos diera como se nos dan las malas palabras, los curas, los sicarios y los lugares comunes, las buenas leyes discurrieran como el agua diáfana de los manantiales; y en lugar del país de la violencia infinita como el pan de cada día de nuestra desventurada suerte, seríamos el de la tranquilidad sideral, la envidia de nuestros vecinos continentales; aspiraríamos incluso a ser como los uruguayos: inteligentes y buenos samaritanos.

Pero no, México tiene estándares educativos y de corrupción (en esto de los malos hábitos apenas nos supera Haití) de países premodernos con democracias rupestres, y su economía está estancada y al filo de que la suerte de sus pobres empeore, de que la cifra de los casi veintisiete millones que no ganan ni para comer se incremente, y que los que apenas comen dejen de hacerlo a la vuelta de los próximos días. No hay vislumbres de nada bueno mientras la sangre del narco corre a raudales. ¿Cómo puede creerse que después de doscientos años de ignorancia y sin salidas para la injusticia se pueden mejorar los niveles de tolerancia y el entendimiento y la aceptación sin sobresaltos del amparo constitucional de los derechos de las parejas del mismo sexo a constituir una familia?

Y lo de la adopción de hijos de los matrimonios homosexuales es otro cantar, de más alta tesitura.

¿Por qué? Porque la condición esencial de la ley es la generalidad. Si todos los matrimonios son iguales la adopción es, en efecto, un derecho de todos. Pero una ley moderna en un país agobiado por la mala educación, por la incultura, por el prejuicio, y por las condicionantes sobre la conducta moral más decisiva, la de la naturaleza sexual de los individuos –la "normalidad" y la "anormalidad" de sus tendencias, sus libertades y sus represiones, lo que más que nada define su estructura síquica-, puede ser, en este caso, desastrosa para los implicados más vulnerables: los niños criados en adopción.

La ignorancia es muy ruda en sus formas destructivas, en sus modos de ofender. México es un país de honras a menudo muy epidérmicas y de muertos incontables en defensa de las dignidades más impensables, del mismo modo que de lapidaciones atroces y ejemplares para enmendar las perfidias de Dios -a menudo esas aberraciones humanas enviadas como ejemplo y castigo de la mala conciencia de los pecadores-. La ignorancia es también burla y filo para herir, a veces; trauma y amargura irrestañable de muchos que no tienen la dureza necesaria del alma para resarcirse, para desquitarse, para dejar los oprobios en el camino, y esa indefensión los marca, los mata, les cambia la vida para siempre, a veces.

No hay aquí un pueblo a la medida de la civilidad de la norma, y la norma puede hacerles la vida de cuadritos a muchos hijos adoptivos en el principio de la nueva era de las libertades de las parejas homosexuales y de sus nuevos derechos familiares.

La genética humana tiene componentes hereditarios y culturales. La cultura de las formas de convivencia social, derivadas de la nueva institucionalidad familiar, puede no evolucionar de manera satisfactoria, en determinados entornos conservadores y retardatarios, para la adaptación de los niños adoptivos -de las parejas del mismo sexo- con una condición hereditaria menos propicia para crecer sin alteraciones anímicas distintivas en su nuevo hogar. Las largas herencias machistas y las viejas tradiciones familiares de imposición inquisitorial de la masculinidad, pueden ser un factor inconsciente de resistencia de los niños; circunstancia que habría de complicarse con la generalidad y la perdurabilidad de esos valores en el excluyente medio social de su desarrollo.

La tolerancia no amanece cuando alumbran las nuevas leyes. Estamos a años luz no sólo de una cultura de la ley, sino del respeto a los derechos iguales de los distintos. En la convivencia infantil y adolescente, en los primeros años de escuela, la percepción de las diferencias como defectos arroja saldos sangrientos. Los fuertes son implacables, y cuando se ceban en los más débiles los demás corean la sentencia como en el circo romano; los despedazan. Ocurre a diario, en todas las escuelas y en todos los niveles, pero sobre todo en los primeros, cuando el escarnio deja huellas indelebles.

Tales consideraciones no podían consignarse en las deliberaciones sobre la constitucionalidad de la legislación respectiva, porque no puede operarse una reforma de vanguardia si se consignan -en la víspera y en contexto- los modos y las formas de la costumbre de una sociedad incivil. Pero me temo que nuestros valores educativos y nuestras virtudes culturales, legales y morales no nos hacen tan respetables como quieren los autores de las reformas que autorizan la adopción de niños a los matrimonios entre personas del mismo sexo.

"Los maricones y las lesbianas" del buen pastor Juan Sandoval Íñiguez pueden mentarle la madre al prelado de Guadalajara y dedicárselas para cada instante de todos los días del resto de su indeseable vida. Muchos están acostumbrados a la infamia y al vituperio de una sociedad donde bulle el peladaje y la rufianería enana de patanes de toda laya, incluso del tamaño inverosímil de ese remanente de la Inquisición.

Las reformas constitucionales tan delicadas y sensibles como la del caso en una sociedad como la nuestra quizá debieran ir por partes y un poco más despacio. Claro, es comprensible que si se autoriza el matrimonio entre parejas del mismo sexo con las garantías de todos los matrimonios, sería absurdo, por discriminatorio, que se les negara a dichas parejas el derecho a la adopción. Son impensables aquí los gradualismos. Pero en la realidad pura y simple la reducción de los contrastes y la aceptación de las diferencias serán lentas y serán graduales. Los adultos no tendrán problemas con eso, por supuesto. Pero acaso los niños adoptivos sí, cuando en el principio el entorno les sea desfavorable. Quizá la especulación es excesiva. Ojalá y así sea.

Pero si no, se producirá una gran injusticia.

miércoles, 18 de agosto de 2010

SIGNOS

*DEL INFIERNO AL CIELO MEDIA ACASO UNA PERCEPCIÓN

(AGENCIA NOTISIFA).-Qué gana nadie con las píldoras de ese grupito de académicos e intelectuales que insisten siempre que pueden –que es tiro por viaje- en desestimar el panorama noticioso acerca de la violencia del narco en México. Unos dicen, con estudios muy documentados, lo que a Calderón le encanta escuchar y repetir: las cifras de los homicidios por número de habitantes es más baja que la de muchos otros países que no se escandalizan tanto por eso. En Colombia, se dice, donde el gobierno de Uribe fue tan eficaz en su combate contra las mafias y la guerrilla, sigue habiendo, sin embargo, en esos términos proporcionales, más asesinatos que en México; y muchos más hay en Sudáfrica, donde ni siquiera hay guerra, y aun en Paraguay, donde la criminalidad común y la inseguridad son parte de la vida cotidiana desde tiempos remotos.

Es decir: en realidad no hay tanta violencia en México; sí hay muchas matazones y todo, entre los sicarios de unas bandas con otras, y de ellas con las fuerzas del gobierno, pero esas masacres sólo ocurren en ciertos estados y en ciertas regiones en disputa, como en el Norte y el Pacífico (Guerrero, Michoacán, Colima, Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas, Nuevo León, Zacatecas y Durango), donde está el grueso de los cárteles; en el resto del país, en cambio, salvo ciertos focos bajo la ley del miedo, como en Quintana Roo, Chiapas, Tabasco, Veracruz, Hidalgo, Morelos y el Estado de México, la cosa está más bien en calma. De modo que no habría porqué asustarse tanto. Ni porqué demandar que el gobierno acabe de una vez por todas con las oleadas de sicarios que parecen reproducirse como las plagas de cucarachas: mientras más calor y más se matan, salen más y más de todos los agujeros, y son cada vez más encarnizados y más resistentes al fuego de los exterminadores.

No puede esperarse que la intensidad de la guerra baje ahora, dicen por ejemplo algunos eruditos en el tono que a Calderón tanto le gusta; por el contrario, la lógica es que alcance su clímax, que las mafias acosadas por el gobierno lancen sus más feroces embestidas y saquen sus más poderosos arsenales dispuestas a matarse. Pero ése no es más que un indicio de que la suerte va mal para los capos y debe asumirse como una esperanza de victoria para el bando del gobierno y de los ciudadanos.

Más oficiales y agentes de la policía torturados y acribillados sería un signo alentador de que cada vez es más difícil pactar con las autoridades. En este modo de ver las cosas, los atentados contra los personajes del poder político atentan también contra sus autores, porque provocan mayores reacciones sociales e institucionales; es decir: intentando demostrar su fuerza y sus capacidades de control y de dominio, se echan encima a todas las fuerzas legítimas del país y salen perdiendo.

De modo que en las ejecuciones de funcionarios de seguridad, de agentes y de líderes municipales y estatales, no sólo no hay señales de ajuste de cuentas, sino sólo revelaciones inequívocas de que la etapa de la infiltración y la compra de mandos está llegando a su fin como podrida herencia del pasado. Porque según este orden de ideas de los especialistas que le gustan a Calderón, la guerra del gobierno contra el narco fue una guerra que al actual gobierno panista no le quedó más remedio que acometer.

El tráfico de drogas creció tanto porque todos los gobiernos del pasado lo dejaron crecer a lo largo de muchos años, y entonces el negocio y la impunidad dotaron a los narcotraficantes de un potencial económico y bélico casi invencible que era capaz de doblegar y someter al Estado nacional entero. El nuevo gobierno democrático no podía permanecer pasivo y decidió enfrentar el reto por la única vía por la que podía hacerlo: la de la violencia del Estado; la guerra, pues. Porque el fuego, en lo inmediato, debía combatirse con fuego.

Era imposible desmontar la maquinaria desmedida de los fortificados criminales con recursos pacíficos, con buenos modos. No señor: no había más alternativa que declarar la guerra. Y de ahí el infierno. Inevitable, cómo no, pero al fin y al cabo necesario.

Y no, dice esta variable de los acuciosos intérpretes de la guerra en México, no debe exigirse al gobierno que tomó la iniciativa de extirpar a sangre y fuego el tumor maligno del narcotráfico, que fue creciendo en las inercias de la corrupción de sus predecesores y fue trepando por las entrañas más recónditas del Estado hasta postrarlo todo, no debe exigírsele de ninguna manera a este gobierno de salvación que acabe de punta a cabo su labor quirúrgica y el exterminio pleno de las legiones de matarifes enloquecidos, en el suspiro de los apenas tres años que le quedan para culminar la heroica misión que un día se echó a cuestas por el bien de todos. Quizá falte lo peor de estas jornadas de sangre, otras tantas decenas de miles de muertos, varios años más de crueldad y de terror en los territorios a merced del narco, nuevos territorios bajo su reino implacable; quizá falte todavía mucho o poco de todo eso, y quizá en las últimas horas de este providencial gobierno temerario apenas el país esté zozobrando en la cresta más alta de la ola, pero a decir de estos intérpretes tan profundos y tan generosos de la guerra en México, las cosas no podrían haberse hecho mejor y el sacrificio habrá valido la pena.

Y Calderón aplaudirá esa sincera explicación de su estrategia contra el narco, acaso por diáfana y precisa, y, claro, porque esas aproximaciones científicas a la verdad de su campaña de pacificación exhiben los burdos intereses de la marabunta oficiosa, pesimista e iletrada de los periodistas y los zánganos mediáticos, que hacen cera y pabilo de ella con cifras y más cifras e imágenes dolosas, incontables, con que hacen su pérfido negocio de vender basura sensacionalista disfrazada de noticias. Pobres cabrones. La verdad es ésta. Nada de que la corrupción se expande por el descontrol de los mandos y la falta de estrategias congruentes y eficaces.

Es ahora cuando se están corrigiendo las cosas porque todo lo que hicieron antes fue un desmadre. Y claro que como dicen los que saben de esto, deben establecerse las líneas de mando de una policía única que evite la pulverización de las corporaciones y que se valgan de ella las bandas para seguirlas infiltrando y corrompiendo. Todos los escándalos de comandantes extorsionadores, de funcionarios cómplices, de jefes policiacos asesinados, de militares acusados en la prensa de servir al hampa, de ayuntamientos completos, como el de Cancún, infiltrados por el narco, todo eso es evidencia de que la corrupción está cediendo y no al revés, ¿pues que no entienden?; ¿no han leído el más reciente numero de Nexos, el de agosto?; ¿no han repasado el último artículo del gran ajiaco de los 12 mitos de la guerra contra el narco?; ¿no saben deveras quién es Joaquín Villalobos? Pues no saben nada; ése es el problema de esa campaña patriótica contra el crimen organizado: las percepciones equívocas, las distorsiones interesadas, la óptica percudida de la opinión pública mexicana. ¿Pues así cómo?

A ver. Para empezar. ¿No es Joaquín Villalobos el que fuera comandante fundador del Ejercito Revolucionario del Pueblo, en los setenta?, ¿el grupo guerrillero más extremistas y violento de El Salvador en los tiempos aquellos de la insurgencia armada en ese país centroamericano? ¿No es aquel a quien su compatriota Juan José Dalton acusa de asesino, de traidor, y de haber matado a su padre, el poeta Roque Dalton, hace 35 años, y de haber desaparecido el cuerpo del poeta revolucionario que era su compañero de armas? Por supuesto: es el mismo que viste y calza. Sólo que luego se volvió intelectual y promotor de la democracia y de la transformación electoral de los pueblos.

Vive de andar contando por el mundo sus experiencias en las armas y de cómo los procesos históricos y las conciencias revolucionarias evolucionan y de cómo el mundo puede ser más feliz cuando tipos como él son el mejor ejemplo de que se vive mejor en la civilización del mercado que en el socialismo salvaje. Ahora hasta da clases en Oxford y es un teórico a la medida de los que les gustan a los panistas como Calderón, porque entiende mejor que los ígnaros periodistas mexicanos cómo se cuecen las habas de la violencia en México, y cómo el gobierno mexicano tiene el valor y la virtud de sacarlas de la cazuela justo a tiempo.

Según el comandante Villalobos, la desorganización del aparato de seguridad, la atomización de las policías el país, y la descoordinación de las instituciones anticrimen, son una carga de los gobiernos del pasado remoto cuya pasividad favoreció el endurecimiento del narco, su violencia desenfrenada y su fuerza económica multimillonaria, contra lo que al régimen de Calderón no le quedó más remedio que hacer la guerra, y ésas son puras barbaridades del erudito y converso excamarada de Roque Dalton. Primero porque hay gavillas nuevas de extorsionadores y secuestradores que viven de eso: de robar vehículos, de asaltar, de intimidar, de cobrar por dejar vivir, justo porque no tienen para financiarse con el mercado de las drogas, y ése es un fenómeno criminal reciente que se ha expandido a consecuencia de la debacle institucional.

La multiplicación de las bandas es de ahora y el desparramamiento de la corrupción también; en el remoto pasado de los arrepentimientos de Villalobos las organizaciones criminales eran muy sólidas, se dedicaban sólo a las drogas, y la corrupción estaba muy bien administrada por el Estado. La quiebra institucional derivada del fracaso democrático de la alternancia desplegó el libertinaje criminal, y no es el gobierno el que les está cerrando a los narcos los accesos al tráfico de mercancías sino que se los están cerrando ellos mismos, en el caos de sus guerras territoriales, donde las fuerzas del gobierno son un factor adicional de ese estrangulamiento del negocio.

Para romper ese cerco y reponer el viejo orden, los narcos tradicionales se lanzan al exterminio de los emergentes, quienes les calentaron el negocio con sus carnicerías depravadas y sus excesos trogloditas; pero las cosas no volverán a su nivel, la anarquía es absoluta, y las agencias estadounidenses de seguridad están tomando cada vez más cartas en el asunto de la guerra de México; son ellas las que están haciendo el trabajo importante, como lo han hecho en Colombia, a pesar de los palos de ciego del gobierno mexicano. Los matones del nuevo narco no cobran cientos de miles de dólares ni viven en guaridas de lujo; son indigentes drogadictos que descuartizan y disparan contra cualquiera por unos cuantos gramos de coca y unos cuantos pesos.

La disgregación policiaca y el descontrol de la seguridad la propiciaron los gobiernos panistas, que rompieron el molde del control priísta del país –y de su corrupción oficial- y no supieron qué hacer con la pedacería. De ahí que la corrupción salpicara por todas partes, que las policías hicieran negocios a diestra y siniestra, que las mafias se fragmentaran y controlaran sus respectivos territorios públicos cada vez a niveles más altos, que las delaciones y la traiciones fueran el pan de cada día, del mismo modo que el ajusticiamiento de funcionarios y de agentes de todos los grados. Eso puede ser indicativo, en efecto, del exitoso asedio estadounidense, pero sobre todo de la revoltura de intereses policiacos, políticos y del narco.

Decir que la guerra de Calderón va muy bien porque todo está estallando –la erupción natural que precede la calma, dice-, y que hay que tener paciencia y consideración porque así seguirá más allá de este gobierno puesto que los anteriores no hicieron más que fermentar el coctel de la violencia, pareciera insólito, por descabellado, en una publicación de tanta prosapia como Nexos.

¿Pero si todo va tan bien, por qué asegura el salvadoreño que la violencia y el tiempo sólo dimensiona la magnitud del problema y no dan luz acerca de la victoria o el fracaso? En fin, es su lógica, y no parece más que el remate de un sartal de contrasentidos, como que la violencia entre los delincuentes no depende del gobierno, que no se puede demandar por eso el fin de la violencia, y que las victorias no se pueden medir por el fin o la disminución de la violencia sino por los golpes que las fuerzas del Estado propinan a los cárteles (dice que nunca se han atrapado y cazado tantos capos importantes como ahora, por ejemplo, lo que es falso, aunque ése también es un falso dilema: los principales jefes del pasado cayeron, ¿y acaso eso debilitó la industria del crimen?). ¿Y cómo saber cuán fuertes son esos golpes si se afirma que las organizaciones delictivas son poderosísimas? ¿Cómo saber que las depuraciones policiacas son importantes si es por los mismos narcos que se sabe que las autoridades están a su servicio, que los penales les sirven de cuarteles?; ¿y si cualquiera sabe que en medio del ruido de la guerra tropas enteras de policías protegen las actividades criminales?

¿De qué saneamiento policiaco podría hablar Villalobos en Quintana Roo, cuando el periódico Por Esto! señala a diario, con pelos y señales, que la policía completa de Cancún y el general que la dirige, Urbano Pérez Bañuelos (por lo menos hasta cuando esto se escribe, porque el mismo diario señalaba en su edición del jueves 19 que el militar había sido requerido por la Secretaría de la Defensa, que no estaba localizable, que sus pertenencias estaban siendo retiradas de sus oficinas, y que podía ser aprendido por la SIEDO de un momento a otro, del mismo modo que algunos de sus efectivos) son zetas que tienen sometida a la autoridad municipal, y son los artífices principales de que el destino turístico más importante del país sea un territorio dominado a placer por la banda de su pertenencia?

Con la anuencia del ayuntamiento, dice el diario, 300 de 500 restaurantes y comercios le pagan a la mafia cuotas para poder funcionar: un 60 por ciento; 100 de 250 empresarios de la construcción, el 40 por ciento, le pagan por su seguridad; 100 cantinas y bares, el 100 por ciento del ramo, paga; 20 de 38 notarios, el 60 por ciento, pagan -con dinero o en especie para regularizar sus bienes, pero pagan-; más del 50 por ciento de los 200 ejidatarios de Bonfil, pagan; del mismo modo que pagan 35 de los 174 de Puerto Morelos –un 20 por ciento-, y 100 de 350 de Leona Vicario: 30 por ciento (Por Esto! de Quintana Roo, 4 de agosto de 2010).

El diario dice que el general Pérez Bañuelos forma parte del grupo de asesinos presos en Nayarit por ejecutar al también general Mauro Enrique Tello; grupo al que según la PGR pertenece también el exalcalde Gregorio Sánchez, preso con ellos, y quien relevó a su exjefe policiaco, Francisco Delegado -preso con él y acusado asimismo por el asesinato del militar-, con el general Urbano Pérez. Eso dice el diario sin que nadie le haya revirado hasta el sol de hoy una sola de sus gravísimas acusaciones, mientras el alcalde sustituto de Cancún, Jaime Hernández Zaragoza, de la misma cuadra de Gregorio Sánchez, aguanta la metralla mediática y política sin hacer nada de nada, y el Cabildo se hace pato frente a los señalamientos de que la policía municipal sigue siendo la policía del narco.

Toda la prensa está feliz con el pesimismo mexicano, sentencia el director de Nexos, Héctor Aguilar Camín, en su espacio periodístico de MILENIO Diario.

También en la óptica de Calderón, tan criticada por Jacobo Zabludovski en el sentido de que las mejores noticias no son las que más les gustan a los gobiernos, el escritor quintanarroense truena contra los medios por cebarse en estos tiempos en todos los males del país sin destacar una sola de sus ventajas.

"Puede ser la excrecencia histórica de medios que vivieron décadas de mordaza y ahora retozan de más sin ella", dice (martes 10 de agosto de 2010). En plena celebración del Bicentenario mexicano nadie celebra algo que sirva sino todo lo nuevo que falta. El derrotismo nacional y el cuestionamiento de todo son la tela para envolver la credibilidad y el éxito periodístico. Destacar algo positivo, dice, parece que estigmatiza, y censurarlo todo puede ser el mejor camino para hacer prestigio, aunque sea en realidad la mayor evidencia de la falta de rigor crítico. Es decir, nunca los medios han sido más prósperos y nunca más mal intencionados.

De modo que deberíamos tomar un respiro en la humareda y no sofocarnos en medio del incendio como un recurso mezquino para triunfar. Quizá no haya tal incendio y no vemos las islas de la gracia –o hacemos que no las vemos- sólo porque no nos conviene para vender, para vendernos, disfrazados de emisarios de la verdad.

Quizá tiene razón. Y Villalobos también. Quizá debiéramos cambiar las percepciones de la violencia y creer que el estallido presagia el nuevo mundo gracias a las estrategias de Calderón. Quizá ésa sea la mejor de las soluciones posibles para el infierno que creemos que vivimos.

jueves, 8 de julio de 2010

SIGNOS

¡¿POR QUÉ, SEÑOR?, ¿POR QUÉ…?!

(AGENCIA NOTISIFA) "El Bofo, el pinche Bofo; y el Vasco, el pinche Vasco. Estábamos condenados a perder con ellos...; ah: y con el pinche árbitro pendejo". La crítica. La crítica de los millones de especialistas mexicanos. Y en esas estábamos cuando mataron a Rodolfo Torre Cantú, el candidato a gobernador que estaba a punto de ganar las elecciones en Tamaulipas. Y ese día se daba a conocer que Javier Aguirre recibió una oferta para seguir al frente del Tri por otros cuatro años más. Éste fue el contexto de nuestras sangrientas elecciones.

“No vimos al equipo mexicano que esperábamos”. “Hoy no tuvo una buena actuación”. “Javier Aguirre tendrá que dar explicaciones”.

Hace más de treinta años México entiende sus derrotas de la misma manera. México en cuatro partidos ganó uno solo y contra un equipo francés que fue el peor del Mundial y de toda su historia –aunque no más que el de México en el 78. El México del 78, cuando Argentina ganó su primera copa, fue quizá el peor equipo de todos los tiempos. El México del domingo 27 fue el de todas sus derrotas, el de siempre. Pero en la ruta rumbo a uno y otro torneos mundialistas se dijo hasta la náusea de los conjuntos mexicanos que eran los mejores representativos que se habían conjuntado nunca, y que sus técnicos eras los ideales.

Tras la derrota contra Uruguay, previa a la de la descalificación propinada por Argentina, los eternos convencidos del potencial del Tri seguían su libreto interpretativo heredado de generaciones: el Vasco no debió iniciar con el Guille Franco ni con Cuau, sino con el Chicharito, y bla, bla, bla, el mismo tipo de cosas que le acusaron a Mejía Barón en el Mundial de Estados Unidos, en el 94: perdió él; debió cambiar a Zague y meter a Hugo Sánchez. Por eso nos eliminó Bulgaria.

México, el país entero, está en la ruina hoy porque ésa es su capacidad crítica; ése es el círculo vicioso del entendimiento de su circunstancia.

Javier Aguirre no dio explicaciones del porqué no usó a Guardado y a Hernández si siempre que entraban lo hacían tan bien, ni de porqué metió al Bofo, que no había jugado ni hizo nada. Hay dos culpables: Javier Aguirre y el árbitro.

Pero Javier Aguirre ya había perdido su primer Mundial como director técnico de México, apenas también en el cuarto partido. ¿Por qué se le contrató para un segundo torneo?

Aguirre había sido despedido del Atlético de Madrid, unos días antes, porque no funcionó ahí, donde tenía a dos de los mejores delanteros del mundo –Agüero y Forlán, jugadores de sus respectivas selecciones, las dos que le pasaron por encima a la mexicana en Sudáfrica- y no le ganaba a nadie. Salió Aguirre y el equipo español se coronó campeón de la Liga Europa, lo que era la Copa UEFA. La impresión que deja eso es que se contrata a los técnicos y se les paga tanto -millón y pico de euros al año al Vasco-, sólo para culparlos de las derrotas del país entero.

El argentino La Volpe cobró más de 10 millones de dólares sólo para llegar a perder contra Argentina, en Alemania 2006, como ahora de nueva cuenta en Sudáfrica, apenas también en el cuarto partido, es decir, en el primero de la segunda ronda. Se le pagaron 10 millones de dólares sólo para clasificar al equipo en el área de la Concacaf (la Confederación Centroamericana y del Caribe de Fútbol), una zona del mundo donde se juega el peor balompié del orbe, entre otras cosas porque lo que ahí se juega es béisbol, y lo que más se produce en el deporte son peloteros para las Grandes Ligas de los Estados Unidos. México también produce grandes peloteros, de los mejores del mundo, pero a la televisión no le interesa ese mercado; el aficionado de la pelota sí sabe de dónde son los cantantes, y sabe mucho de béisbol; sabe jugarlo –lo que no es nada fácil, por la velocidad, por las características excepcionales que requiere-, y sabe distinguir muy bien lo bueno de lo mejor: en la pelota no hay jugadores malos ni aficionados ni comentaristas mediocres.
Pero son minoría, y los empresarios mexicanos de Centroamérica y el Caribe financian a sus equipos sólo porque les gusta la pelota.
Para ellos no es un negocio, nunca lo ha sido, menos ahora que el fútbol está en todas las pantallas de televisión y en la boca de todo el mundo porque todo el mundo sabe mucho de eso. Un pelotero sólo puede aspirar a ganar lo que cobra el futbolista más mediocre de la primera división en México, si juega en las Ligas Mayores.

Entiendo que el fútbol es el deporte más simple, y por tanto el más popular y el más rentable –cualquiera es un jugador y un experto-, y que el mercado es tan rico que da para que se le pague a los técnicos el dinero que sea; pero también que los equipos que pueden pagarlo –las federaciones nacionales o las empresas- revisan de manera escrupulosa las trayectorias, los perfiles y las marcas de sus candidatos; unos quieren ser campeones de algo, del mundo, por ejemplo; otros quieren que el célebre escogido distribuya sus enseñanzas y sea un factor de desarrollo del balompié en sus países, cual es el caso del holandés Guus Hiddink, en Asia, o del brasileño Parreira, en África. El italiano Fabio Capello cobró 8 millones de dólares por hacer campeones a los ingleses, y fracasó de manera estrepitosa, también en el quinto partido. Pero, bueno, Capello tiene un largo historial de éxitos en el mercado global del balompié, y el convenio con Inglaterra era llevarlos a su segundo campeonato mundial; ¿cuál era la trascendencia de Aguirre o de La Volpe para cobrar lo que han cobrado?

Aquí nunca hemos sido partidarios del Tri, porque el Tri, "el equipo de México", es el equipo de los monopolios televisivos, y los monopolios no están hechos para la competencia, sino para ganar con la pobreza mental. Los productos monopólicos mexicanos sólo compiten con los beneficios que imponen los consorcios a las regulaciones del Estado sobre sus operaciones, con la evasión fiscal, con las legislaciones laborales a modo, con los salarios y las prestaciones miserables, con los precios y las tarifas preferenciales, con los contratos sin concurso, con los concursos amañados, con las mafias sindicales, con la complicidad oficial, con los negocios de poder, con el influyentismo, etcétera. Los monopolios crecen en la discrecionalidad institucional, en la prebenda y en la corrupción; ésas han sido y son las condiciones sobre las que compite el fútbol mexicano.

La tradición nacional es la conformidad con el poder de los monopolios, con sus condiciones, con su concepto de la competitividad y del éxito. Y si con su modelo de crecimiento han ganado siempre todo y sus dueños son los más potentados del planeta, ¿para qué cambiar ese modelo?
Por eso todas sus armas han apuntado en los últimos años a defender su control absoluto sobre el espectro radioeléctrico mexicano, sobre la distribución de las concesiones, sobre la nula contraprestación por el uso de frecuencias; ese gandallismo para disponer a perpetuidad de la banda ancha sin retribuir nada por el uso lucrativo de esos bienes del Estado ni pagar un solo peso. Por eso creen que pueden seguir manteniendo a raya a los legisladores enemigos en el Congreso, y que serán capaces de devolver uno a uno los golpes recibidos de la Suprema Corte. Ellos han sido, desde su fundación como un poder indisoluble del Estado y como propiedad entonces del jefe absoluto del Estado, Miguel Alemán Valdés, la fuerza más influyente en la historia de ese Estado.

El Estado los hizo poderosos para mantener el dominio integral del partido de Estado sobre la sociedad y los patrimonios de la nación. ¿Cómo se iba a producir una idiosincrasia para la competencia? ¿Cómo el fútbol y su afición podían aspirar a trascender? De la derrota espiritual del país, como un modo de ser, han vivido los monopolios; ¿cómo promover la virtud cognoscitiva y contribuir a forjar un pueblo crítico?

"Al pueblo hay que darle lo que el pueblo pide, ése es el éxito de Televisa", han sostenido siempre sus patriarcas. ¿Y acaso el pueblo quiere educarse?; ¿acaso el pueblo quiere aburrirse en la cultura? Pues no. Entonces la cultura debe desterrarse de la faz de los medios privados y aislarse para los sectarios en unos medios públicos de los que debe omitirse por lo demás toda intención de competencia comercial, toda posibilidad de financiamiento del mercado, y todo financiamiento público que pueda fortalecerlos, puesto que si están destinados para unos cuantos, para unas minorías apenas, para los exquisitos, no se justifica asignarles importantes recursos del erario procedentes de los impuestos de las mayorías, como se hace en los países civilizados.

De modo que al público lo que pida, y el fútbol como siempre lo ha querido: a la medida de los grandes intereses corporativos y de la mediocridad masiva. Lo que el pueblo quiere es la expectativa de ser un campeón, la ilusión de serlo. Y está acostumbrado a los milagros. Si no gana hoy, ganará mañana, y si pierde es porque Dios así lo quiso. Pero en lo fundamental, él, el pueblo, es lo máximo, y cuando pierde, entonces el culpable no es él, sino su circunstancia.
Los responsables de las derrotas siempre son eventuales, siempre tienen nombre y apellido, son los que han traicionado la confianza de los mexicanos, los corruptos son ellos, son los otros, los demás somos las víctimas y no podemos hacer nada. Nomás no incluyan a las televisoras, porque gracias a ellas tenemos la única felicidad disponible, la diversión a que podemos aspirar, el único espacio de liberación –con la Iglesia- de nuestras grandes penas, el fútbol que todos queremos, que nos merecemos.

Y entonces, en la víspera, con apenas un juego ganado, todos a las calles del país a celebrar la victoria. En la tele han dicho que estamos a un paso de ser campeones. De hecho, ya lo somos, con sólo esto nos ha bastado siempre. Somos la mejor afición del mundo. El ídolo que sea es nuestro ídolo. El milagro, lo festejamos todos.

Y luego, como siempre, la derrota. Que no es una derrota más. Sino una edición más de la derrota.

El equipo tenía para más. No fue el equipo de los mejores días. Aguirre tendría que dar una explicación: ¿Por qué no el Chícharo ni Guardado?; ¿por qué Cuauhtémoc y el Guille?; ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué...?

Esto se escribe de un tirón apenas termina la segunda madriza mundialista consecutiva de Argentina a México, en medio del caudal de explicaciones y justificaciones de una derrota anunciada y de un milagro en el que, no obstante, todos confiaban a ciegas a partir de nada, de la esperanza etérea, eterna, de ganar sólo porque sí, ¿porque no sé de dónde, sino habíamos ganado nada, estábamos tan seguros de que ahora sí teníamos con qué?

Se escribe esto en el saldo tumultuario de una desazón extraña, puesto que todo mundo sabía que sólo un milagro podía darnos una victoria. "Nadie confía en nosotros", les había dicho Aguirre a sus pupilos. Y nadie esperaba que ganaran, en efecto, porque todo mundo sabía que el equipo de Maradona, uno de los dos más grandes futbolistas de todos los tiempos, sí estaba conformado por algunos de los mejores jugadores del mundo. ¿Por qué tanto escándalo entonces por la derrota? ¿Por qué, por ejemplo, el sainete tan vergonzoso entre los mexicanos que ocupaban la zona de palcos VIP, reservada por la Federación mexicana de Fútbol, en el estadio Soccer City de la capital sudafricana, al término del partido?; una bronca en la que estuvieron involucrados, entre otros, el hermano del Cuau, la mamá del Cuau, y el director federal del Fonatur, Miguel Gómez Mont, hermano del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont; ciertamente sujetos de la más baja estofa; chusma, pues, como tanto vago que gobierna y tanto vividor que vive a sus anchas a costa del desmadre que es este país?

De un canal a otro, hora tras hora, día tras día, latido tras latido, los nombres del Chícharo, del Cuau, del Guille, de Márquez, de Salcido, del Maza, de por derecha, de por izquierda, de si en la contención, de si el más desequilibrante, de si esto, de si aquello…, un torrente inaudito, interminable... ¿y por qué entonces asumir en la antesala que ganar sería un milagro y que perder sería culpa de alguien? Bueno, porque la derrota perenne es inexplicable cuando un pueblo perdedor no quiere verse en el espejo ni hacer el mínimo movimiento crítico para invertir el ocio en algo más que en pedas y en fútbol.

Esto se escribe en la efervescencia de la última de las derrotas mundialistas de siempre. En la primera hora de abatimiento. El día de su publicación ya será historia. Y México contra el narco y contra Elba Esther, seguirá perdiendo.

¿Hay qué cambiar algo dentro del fútbol o hay que cambiar la mentalidad del país?

Yo digo que hay que empezar por el sistema educativo, porque un país que no sabe leer ni escribir, menos ha de saber pensar. Si no hay actividad crítica, no hay civilidad política ni liderazgos de altura, ni por tanto paz social ni innovación para el desarrollo ni desarrollo humanístico ni justicia distributiva. El destino pasa por la escuela. Si no pasa por ahí, no pasará. Será el camino del regreso, en el fútbol y en todo lo demás.

El nivel del fútbol es el del liderazgo de Calderón. No por nada el presidente eligió a los futbolistas mexicanos como el paradigma del éxito, los héroes del ejemplo a seguir.

Apoyar ese México es apoyar el fracaso. Repetir al infinito los incontables reveses.

México nunca ha pasado a cuartos de final en la historia de los campeonatos del mundo de fútbol celebrados fuera de México. Brasil, Argentina y Uruguay han ganado nueve copas mundiales entre los tres y van por la diez. “¿Acaso es tan difícil entender eso? Es un gusto por ahora escuchar las lamentaciones de la gente de Televisa, y cómo arrojan tierra sobre el Vasco, su última invención genial.

Ahora seguirá el silencio de los monopolios para trabajar de nuevo en la próxima expectativa mundialista del público mexicano. Y así, el cuento de nunca acabar.

Y apenas al día siguiente de escrita esta nota y del escándalo de los mexicanos de la ralea de los palcos para espectadores muy selectos, ¡VIP!, en el estadio Soccer City, de Johannesburgo, fue emboscado en Ciudad Victoria, Tamaulipas, y asesinado con cuatro de sus acompañantes –otros cuatro estaban graves-, el doctor Rodolfo Torre Cantú, candidato del PRI a gobernador, que habría ganado de calle las elecciones de este domingo 4. Un hombre afable, de trato franco y abierto, con simpatías y aprecios muy bien ganados entre la gente; con un sentido muy honesto de sus responsabilidades públicas, muy eficaz en sus realizaciones sociales, y muy redituable en sus valoraciones políticas.

Se sabe que si bien era del entorno cercano del gobernador Eugenio Hernández, y que estaba muy próximo a sus afectos personales, no fue su primera opción para la candidatura de su partido a sucederlo; que Rodolfo Torre hizo valer su popularidad, su fuerza propia y la solidez de sus posibilidades de triunfo electoral, y que el gobernador decidió respaldarlo entonces sin objeciones, puesto que a fin de cuentas era su amigo y formaba parte de su grupo de poder.

Era pues el mejor de los candidatos, y el que ganaría con el mayor margen de sufragios a la oposición –más de 30 puntos arriba del candidato panista-, según todas las encuestas, en los comicios celebrados en el país.

Era un hombre de carácter, y valiente, pero fue víctima de las dimensiones invencibles de la violencia y de la impunidad del crimen, tanto, quizá, como de su excesiva confianza y de su buena fe.

En un territorio a merced de las bandas criminales más peligrosas, Torre se atenía a un dispositivo de seguridad muy reducido, sin vehículos blindados, sin suficientes escoltas, sin avanzadas que impidieran emboscarlo, como la que lo mató. En apenas dos vehículos cubiertos por la colorida e inconfundible propaganda de la campaña, pudo ser un blanco fácil en extremo, sobre todo si, como parece, los ejecutores cumplieron órdenes de algún jefe del narco -quienes movilizan a menudo largas columnas de camionetas con decenas de sicarios armados hasta los dientes, y a quienes les sobran los efectivos para montar retenes aquí y allá, o capacidad para comprarlos entre las policías y las Fuerzas armadas.

No hay, en los antecedentes del candidato asesinado, indicio alguno de nexos peligrosos que pudieran advertir que fue víctima de dichas relaciones; parece más bien tratarse de un mensaje en que la mafia hace saber –y la mafia puede comprender a los capos y a sus socios en la política- que no quiere gobernantes con ese perfil en su territorio.

En casi todos los ayuntamientos del noreste, o en todos, el narco ha condicionado a los alcaldes el nombramiento de sus jefes policiacos. El problema en los últimos tiempos, tras la ruptura en los mandos de los Zetas y del cártel del Golfo, es la alternancia constante en el control de las ciudades, los municipios y las regiones; los desplazamientos deshacen los arreglos, y los reacomodos multiplican los ajustes de cuentas porque los bandos exigen compromisos de sangre y fidelidades fatales.

"No queremos a ése. Ponga al que quiera menos a ése. Si no se lo matamos", le dijeron a un candidato a presidente municipal en Río Bravo cuando anunció a quien sería su jefe de Seguridad Pública. Y cuando iban a ejecutar a Juan Antonio Guajardo, un candidato a alcalde del PT que estaba condenado a perder la elección pero denunciaba a diestra y siniestra el control político que ejercían los Zetas en el municipio –mucho antes que rompieran con los del Golfo-, le ordenaron al jefe de la policía, con cinco horas de anticipación, que desmovilizara a sus elementos en las inmediaciones del lugar donde lo harían y en algunos otros sectores necesarios para salir, y que desactivara las cámaras de vigilancia.
Habían amenazado al funcionario municipal con atacar a su familia si desobedecía, y Guajardo había hecho caso omiso de las advertencias que se le hicieron. Guajardo y el funcionario del ayuntamiento habían sido amigos, hasta que las diferencias políticas los separaron. Y cuando se hicieron las investigaciones acusaron al funcionario de formar parte de los Zetas.

Lo corriente, sin embargo, es que los platos rotos de los desacuerdos los paguen los subordinados, o que sean los policías quienes mueren en los desplazamientos de unas bandas por otras en el control territorial. ¿Contra quién fue el mensaje del asesinato de Rodolfo Torre Cantú para impedir que gobernara Tamaulipas? ¿A quién querían al frente del poder del estado? ¿Qué no quiso aceptar? ¿Quién no quiso aceptar qué? Porque si lo hubiesen amenazado a él, ¿cómo es que andaba tan desprevenido? Iba a cerrar campaña en Valle Hermoso, donde asesinaron hace unas semanas al candidato panista a la alcaldía y donde se dice que reside el mando superior de los Zetas (era la ciudad de la calma chicha hasta antes de la ruptura de éstos con los del Golfo). ¿Por qué, si se iba a meter a la boca del lobo, iba tan ligero de protección, tan expuesto, tan vulnerable? ¿Y por qué lo mataron en Ciudad Victoria, a casi 400 kilómetros de ahí, y no ahí? ¿Y por qué sólo una semana antes de las elecciones? ¿Si el objetivo era sólo él; si a quien no se quería era a él, por qué esperar hasta el tramo final de la campaña y del proceso? Tras el crimen, a menos de una semana de las urnas, sólo había dos nombres en el PRI con las condiciones más eficientes para suplir al candidato muerto; uno de ellos era el de Manuel Muñoz Cano, coordinador de campaña de Torre e hijo del desaparecido Manuel Muñoz Rocha, a quien se acusó de haber orquestado la conspiración homicida del secretario general del PRI, Francisco Ruiz Massieu, excuñado de Carlos Salinas de Gortari, por decisión del hermano mayor de éste, Raúl, ahora libre tras la sentencia de un juez que lo declaró inocente.
El PRI optó por el hermano mayor del candidato asesinado, Egidio, en un clima de crispación, de ataques de ida y vuelta entre el presidente y la cúpula priísta, donde el primero llamaba a un enésimo diálogo político nacional pero empezaba por envenenarlo acusando a los priístas de usar la tragedia con fines electoreros, y los segundos machacaban durísimo sobre el enanismo de su presidencia. Parecía evidente que con diálogo o sin él no habría soluciones, porque encuentros de seguridad nacional y discursos sobre la materia han abundado tanto como la sangre y los enfrentamientos.

Sobra la preguntadera. Y también algunas certezas. Por ejemplo, en el primer campo, ¿desde dónde va a tomar decisiones el próximo gobernador en relación con la violencia y la inseguridad? Está en curso el proyecto de policía única y él será el de las decisiones fundamentales al respecto en su estado: ¿va a combatir?; ¿va a operar en el sentido de la militarización propuesta por el general Galván?; ¿y qué va a hacer en relación con los alcaldes?: ¿los va a hacer gobernar?, ¿o van a seguir entregando sus demarcaciones a las bandas que se las ganen a punta de masacres mientras los del norte se hospedan en las ciudades del sur de Texas?

La cuestión es que no se trata de un solo grupo del narco, sino de dos grupos violentísimos respaldados por otras organizaciones también en guerra en todo el país; una guerra en crecimiento, por lo demás, porque está estimulada por muchos factores.
La guerra misma de todos contra todos complica el abasto de drogas desde Sudamérica, donde Colombia ha bajado de manera significativa la producción de cocaína. El Chapo tiene problemas con el mercado de la seudoefedrina porque su suegro, Nacho Coronel, está fuera de circulación y es el rey de la industria de las metanfetaminas; hay versiones que aseguran que la SIEDO lo tiene secuestrado; es decir, que lo tiene retenido, pero que no puede presentarlo porque de hacerlo, dicen, el Jefe Diego se muere.
Y que sí, que como especularon algunos medios al principio de la desaparición de Fernández de Cevallos, la exmujer del Chapo y su hija también están detenidas de manera ilegal por el gobierno, y que ésa es la razón por la que La Familia hizo el trabajo. De modo que está cayendo el suministro de mercancía para los narcos y están bajando sus ventas en los Estados Unidos y en el mercado interno. Y por eso las divisiones en las mafias se multiplican y los ajustes de cuentas, así como se reproducen la extorsión y el secuestro como mecanismos de financiamiento de los grupos más rudimentarios.

Ya no puede gobernarse como antes; la disyuntiva es fatal. O los mandatarios se entregan o su gente muere. O ellos mismos pueden morir o mueren los candidatos antes de asumir el poder. Debieran poner las barbas a remojar quienes aspiren a escalar en la política sólo porque les es posible o por un prurito de estatus.
La lección sangrienta del asesinato de Rodolfo Torre es que quien quiera gobernar se pregunte para qué quiere hacerlo, si para enfrentar la violencia con un sentido claro de lo que debe hacerse o para entregar la función de la seguridad pública a las mafias. Porque no hay nada más opuesto al mandato de una sociedad que la violencia. (Claro que las democracias imperiales, como la americana, son violentas por naturaleza; su espíritu de conquista se expresa sobre todo en sus instituciones y en sus empresas para la dominación –armada, económica, científica e ideológica- del mundo.
Pero esas sociedades, como la de Estados Unidos, tienen sus propios mecanismos violentos de regulación legislativa, como la pena de muerte, el derecho de poseer armas de asalto para su defensa, y las leyes extraterritoriales específicas para torturar y masacrar por motivos de seguridad nacional; y esos mecanismos se usan con rigurosa puntualidad porque para eso son: derivan de una idiosincrasia de origen que se superpone a las demás, y deben mantener el equilibrio de las altas tensiones que producen los vastos y diversos intereses, valores, libertades y compromisos que se mueven en el sistema. La alternativa de decir la verdad; la del control de la corrupción y el juramento bíblico del Destino Manifiesto, es un antídoto contra la ruptura y el advenimiento del caos, que, en una sociedad así, sería de dimensiones apocalípticas.
El que falta a la verdad es un peligro; el minucioso conspirador obsesivo y el sicópata deben tener enfrente una institucionalidad de la persecución y la sanción a su medida. El otro antídoto contra la explosión de la adrenalina imperial es, claro, el de las drogas, dentro del mismo esquema de racionalización donde también se establece la frontera de la industria de las mafias. No se puede ir a tantas y tan sangrientas guerras de exterminio con una conciencia de paz, ni regresar de ellas a vivir la vida y a esperar la muerte con una quietud crepuscular. El imperio reside en la temeridad de la exploración y en la coercitividad necesaria para alumbrarlo.)

¿Hasta dónde ha de llegar la cacería de seres humanos en este matorral ingobernable en que se ha convertido el país? El problema no es que Calderón no tenga liderazgo ni que deje el poder, como debiera. El problema no es la policía única, si van a seguir en ella los mismos funcionarios y los mismos policías y ministerios públicos incompetentes y corruptos. El problema es dónde están los liderazgos poderosos que se hagan respetar y a quienes puedan temer los narcos por su capacidad manifiesta de ir por ellos y acabar con ellos, en la realidad del incendio que nos funde, más allá del discurso de llevarlos ante la justicia y de someterlos al Estado de derecho y todos esos cuentos imposibles de la parafernalia de los discursos de la demagogia de la democracia, porque no existe el Estado de derecho, o es una piltrafa el tal Estado de derecho.

Dónde están los liderazgos políticos que tengan la temeridad de los narcos, y una visión de Estado todavía más grande, para organizar e integrar con eficacia todas las fuerzas del Estado, y lanzarse a destruir a los secuestradores de las libertades individuales y los derechos sociales que deben ser defendidos por ese Estado y ese poder republicano. Dónde está el que se haga oír y el que pese con peso específico en las decisiones legislativas y pase por encima de las frivolidades partidistas de los parlamentarios de a centavo que ocupan la mayoría de las curules de todos los congresos.

No va a combatirse a las mafias con prédicas morales ni prudencias leguleyas. Se necesitan acuerdos fácticos y leyes emergentes –y normas de excepción para situaciones extraordinarias y ámbitos territoriales ingobernables tomados por el hampa-, y una voz de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas que sea oída, que sea seguida y que sepa lo que dice y lo que se tiene qué hacer con la fuerza de las armas de guerra del Estado.
Ni todas las mafias juntas podrían contra la décima parte de ese poder de fuego, si se supiera usar con precisión y se tuvieran a la mano los instrumentos constitucionales y reglamentarios para el desplazamiento estratégico de los efectivos, y los sistemas de inteligencia pudieran ubicar los blancos. Pero no hay perfiles de liderazgo a la medida de las urgencias de la nación, ni las cadenas institucionales de mando para que las órdenes se traduzcan en operaciones inmediatas y exitosas.
Las que había en los tiempos del presidencialismo autoritario fueron rotas por el triunfalismo democrático que derivó en las grotescas aventuras y los chismes de alcoba de un matrimonio presidencial de panistas chiflados, cuyos colaboradores rapaces hacían negocios hasta con la compra de las toallas para los aposentos de los enamorados del supremo poder, y de colchones y enseres para las sedes diplomáticas en París y en China.

Luego vino la declaración de guerra sin ton del segundo mandatario del cambio sin conocer la ratonera en la que se metía ni tener los pelos de la burra del sistema de seguridad nacional, desbaratado por su antecesor, en la mano. Y ahora, tras que la Secretaría de Seguridad Pública se volvió más importante que la de Gobernación, donde sólo se hacen ahora los mandados políticos del presidente, todo se reduce a tirarle pedradas a las nubes de alacranes voladores que se reproducen en la impunidad, y en la evidencia de que no hay otra cosa para combatirlos que piedras contra los blancos voladores y huidizos que pican, matan y se van a sus montones de escondidos agujeros. Por eso nadie le tiene miedo a Calderón, ni las fuerzas políticas le tienen respeto.
De ahí las burocracias lamentables y los enredos que terminan haciendo leyes enrevesadas que ha menudo es mejor no promulgar, como la reciente Ley de Seguridad Nacional, cuyos ordenamientos sobre el papel del Ejército en los conflictos civiles y contra la violencia y la inseguridad, son un auténtico tiro por la culata de dimensiones nucleares. Y todo por los politiqueros cuidados y las delicadezas mezquinas y los radicalismos de ocasión de los grupos parlamentarios. Calderón debiera irse, ¿pero quién lo sustituye? Cualquiera, diría la voz popular; cualquier cosa es mejor que las inercias declarativas presidenciales.
Pero eso dijo la voz del electorado en el 2000, convencida de que cualquier otro era mejor que los gobiernos tricolores, y ahora dice que los tricolores, comparados con lo que hay, son la luz del nuevo mundo. ¿Y quién sustituye al Vasco al frente de la Selección, ése, nuestro otro gran dilema nacional? Hay millones de dólares disponibles. Igual y se convoca a La Volpe de nueva cuenta. Y luego se puede convocar de nuevo al Vasco Aguirre.
Las decisiones electorales van de la mano de las del soccer. La idiosincrasia es la misma. Quienes van a las urnas llenan los estadios y se juntan en las cantinas a ver el fútbol y le van a la Selección. Y dicen que allá afuera el mundo sigue andando.